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22 de abril de 2011

OCTAVA SEMANA DEL GHM

¿Qué hacen los monstruos cuando están aburridos, aparte de devorar gente, chupar sangre, destripar adolescentes o destruir Tokio? Como en el castillo del Gran Hermano con monstruos los asesinatos no están permitidos (excepto a los cobradores de impuestos), nuestros monstruos buscaron una manera más saludable de pasar el tiempo libre: ¡jugar al hockey usando los cráneos de las catacumbas del castillo!

Se armaron dos equipos con los participantes que restan en el concurso: Rodolfo, Drácula y Bernarda por un lado, y 0010110, el monstruo bajo la cama y Bublob por el otro. Atatrix tomó el papel de árbitro y Medusa se dedicó a hacer de animadora.

[Traducido del griego antiguo:] ¡Me encanta agitar pompones!

Antes de eso, sin embargo, los participantes del GHM pasaron buena parte de la semana aprendiendo a usar los patines. No les resultó sencillo; muchos de ellos tienen práctica en pisotear y destruir, pero patinar requiere un poquito más de coordinación corporal. Menos mal que los monstruos son resistentes y aguantan bien las caídas :-)

Dado que ni Bernarda ni Bublob pueden usar patines (una por falta de pies, el otro por pies muy blandos), los dos ocuparon las porterías de sus respectivos equipos. La falta de rapidez a la hora de atajar los cráneos la compensaron con barreras de baba y algas resbalosas :-D

Debo decir que todos los partidos fueron emocionantes. Si los jugadores de hockey ya son bastante bestias en la vida real, imagínense a un montón de monstruos competitivos.

¡GRRRRRRRRRR!

Menos mal que Drácula es inmortal, porque el monstruo bajo la cama sí que pega duro. Hizo trizas unos cuantos cráneos a lo largo de cada partido. Sin embargo, ni el conde ni Rodolfo se quedaron atrás, y respondieron cada maniobra con igual ferocidad.

Por desgracia... bueno, era de esperarse que tarde o temprano ocurriera un accidente. De pronto Rodolfo quiso pegarle a un cráneo con su palo, erró el golpe y...


Pobre 0010110. Su cabeza salió volando fuera del castillo y cayó en el foso. Tuvimos que mandar a Bublob a buscarla, lo cual no resultó fácil porque los cocodrilos se estaban peleando por ella. Y como el agua pantanosa no es buena para los circuitos... En fin, así fue su despedida del GHM. Decidimos conmutarle su sentencia debido a la buena conducta que demostró la mayor parte del tiempo en el castillo. Si acaso recupera sus funciones cibernéticas, en lugar de ser convertido en chatarra pasará el resto de sus días en servicios de atención al cliente de Facebook. (Pensándolo bien, como Facebook siempre es un lío, quizás 0010110 escoja voluntariamente ser convertido en chatarra.)

Ahora quedan sólo siete participantes del GHM: Atatrix, Bernarda, Bublob, Drácula, Medusa, el monstruo bajo la cama y Rodolfo. ¡No olviden votar por su favorito, si todavía no lo han hecho!

G. E.

Siguiente entrada: NOVENA SEMANA DEL GHM.

2 comentarios:

  1. Es la primera vez que veo este programa, así que es pronto para apostar, pero quiero que gane el monstruo de debajo de la cama porque es entrañable: ¿Qué niño no ha tenido un monstruo debajo de la cama? :)

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  2. ¡Hola, amiga! Si quieres leer las demás entradas, pincha en la etiqueta GHM en la columna de la izquierda. En cuanto al monstruo bajo la cama... me temo que bajo la mía sólo hay bolas de pelusa :-D Las votaciones influirán sobre el resultado del concurso, así que puedes invitar más gente a votar por tu monstruo favorito :-P

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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